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Ciudad Oculta recuerdo de tomates rellenos
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«Habitual, por ejemplo, es que estén velando a un pibe en una casa
y al lado alguien escucha música a todo volumen.»
 
Jorge nos espera sentado en un cantero de Plaza de los Virreyes. Sostiene un pequeño libro en la mano, bajo un rocío solar de primavera que nos permite dudar si verdaderamente es la lectura lo que está disfrutando.
Salimos del subte, acomodándonos a ese shock solar que desorienta y que, como pequeños alumnitos del kindergarten, nos pasea por la terminal ayudándonos a encontrar la salida a ese laberinto de molinetes que apuntan cada uno a los cuatro puntos cardinales bonaerenses.
Cuando por fin llegamos al cantero, Jorge ejecutó una de esas miradas rasantes, habitualmente utilizadas para medir el carácter, la actitud y, por que no, la talla de algunos de nosotros que resultarían difíciles de camuflar a la hora de tratar de mantenernos vivos. Es que, a medida que pasaba el tiempo, se hacía evidente que nuestra intención de pasar desapercibidos era tan decidida como la de Margareth de devolvernos las Malvinas, pero luego de unos minutos y algunas postales barriales que fuimos descubriendo, la idea de bajar los decibeles no necesitó demasiados incentivos para ser asimilada.
Si nos hubiera visto intentando salir de los molinetes, probablemente la preocupación sería otra. Pero, gracias a Dios, solo tendría que cuidar de un pequeño batallón de personas que no tenían la menor idea de lo que era La Oculta, que hablaban el típico y refinado lunfardo puertomaderense y cargaban, junto con sus humanidades, una suculenta cámara que hubiera sonrojado a cualquier Man Ray de turno.
La entrada a la ciudadela es menos introductoria de lo que pensaba. El paisaje barrial es más o menos típico hasta que, repentinamente, La Oculta se deja ver, pero solamente dentro de su propia intimidad.
«El comedor tiene una entrada unos veinte metros antes de la villa y tiene otra del otro lado, ya dentro de la villa. Vamos a entrar por la que está afuera», nos dijo nuestro guía, tal vez para amortizar un poco el bautismo emocional que implica entrar a un lugar que ha sido tan demonizado.
En el comedor nos encontramos con Bilma, que es nuestra entrevistada y una de las personas que lo está coordinando. El lugar es agradable, prolijo, cálido y combina perfectamente con las personas que están ayudando en la cocina y en el servicio a los chicos.
En el patiecito delantero, una pequeña multitud de niños están plantando algunas cositas en la canterita, que usan «para experimentar lo que es ver fluir la vida», según palabras de una de las chicas a cargo de la aventura.
Acomodamos unas sillas, ajustamos el sensor interno de temperatura —porque el sol a estas alturas, ya se había puesto antipático— y el primer line up de la entrevista empieza a decidir su curso.
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De mi generación no tengo a nadie, o están presos o muertos. Lo que yo sabía, de alguna manera, era que teníamos que hacer algo para parar esto.
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Ahora con el tema del paco, que es una droga de exterminio, droga de pobres, los chicos se están matando entre ellos.
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El paco no es sólo una consecuencia de la miseria, sino el efecto del cambio del mercado global de drogas.
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lobro La vida
la muerte
La Oculta

—¿Jorge, de qué trata este nuevo libro?
—El subtítulo del libro -vivir y morir en una villa miseria argentina- es por demás ilustrativo. Se trata de una serie de reportajes realizados a diez personas que viven en el barrio, en La Oculta. Hay adultos, hombres, mujeres, jóvenes, y el libro refleja literalmente lo que ellos dicen. Buscamos que hablen, que cuenten su infancia, sus recuerdos, sus opiniones sobre qué es para ellos vivir en villa 15, Ciudad Oculta, el presente, cómo ven el futuro, qué esperan. Y lo que ellos cuentan está escrito tal cual, insertado en una investigación analítica, digamos, de los últimos cincuenta años de la historia argentina como un intento de rastrear y reflejar las múltiples razones sociales, políticas, culturales, económicas que ocasionaron y ocasionan la existencia de la extrema pobreza.

—¿Por qué decidiste escribir este libro?
—Un poco es como un intento de responder ante las distorsiones conceptuales prejuiciosas de la clase media sobre el asunto de las villas. Como que son todos vagos, todos delincuentes -cosas así-, y por otra parte como un modo de generar un pequeño espacio donde al menos algunas personas del barrio -muchos de ellos mis amigos-, pudieran decir, hablar, contar, ser escuchados, ser leídos. Yo podría haber escrito un largo ensayo sobre las villas, quizás bien o mal escrito, no sé, pero esta alternativa me pareció más hermosa, más honesta, más humana e incluso más eficiente. Además, el libro no es escrito en el aire o como una curiosidad, es parte de un proyecto que lo excede, lo desborda, lo supera. Lo nuestro es todo un proyecto que implica un centro comunitario (En-Haccore, que significa Manantial del que clamó) y la actual construcción de Sueñitos, un Jardín Maternal de abordaje integral acá en el barrio.

—¿Qué utilidad creés que puede tener para un joven cristiano leer este libro?
—Honestamente, para mí sería una alegría enorme que este libro sea leído por jóvenes cristianos. Para aquellos cristianos que no están habituados a leer, este libro puede llegar a sorprenderlos mucho. Quiero decir que es un texto crudo, duro, porque aquí la vida es muy dura y difícil, pero a la vez hallarán esperanza. Uno no puede leer estas historias sin que las mismas nos dejen pensando. Son historias que nos interpelan, que nos preguntan. Hay gente que sufre. Hay mucha gente que sufre mucho. Creo que estas historias nos preguntan: ¿Qué vamos a hacer nosotros? ¿Qué significa tener fe ante esta realidad?

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Villa Amargura

Extraido del libro "Buenos Aires, mi ciudad". Editorial Universitaria de Buenos Aires. Año 1963.

Villas, villas miseria, increíbles y oscuras,
donde sopló el olvido sobre la última lámpara,
Villa Jardín, Villa Cartón, Villa Basura,
de calles que trazaron los azares del hambre,
la súbita marea de los desposeídos
y los desocupados forzosos; los ilusos

del patético éxodo de provincias lejanas,
que avergüenza la frente pálida de la patria.
Barrios de un Buenos Aires ignorado en la guía
para el turismo; barrios sin árboles, de ahumados
horizontes sin agua, sin ayer, sin ventana.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas.

Atroces ciudadelas sucias y derramadas,
de viviendas como hongos; latones, bolsas, zanjas
hundidas por las lluvias, mordidas por los vientos.
Barrios de soles turbios y lunas oxidadas,
de noches enemigas y de hoscas madrugadas,
y la insólita fuga de los perros sedientos.

Villa Jardín es un nombre que sueña
con un largo sonido de impiadosa ironía.
Un hombre que golpea como un aldabonazo
en el límite de la ciudad gigante.

Villa Jardín, un breve nombre
que oculta una miseria vasta.
Villas que habitan densas familias, el llamado
bajo fondo social, que no es la resaca,
y que mantiene intactos su decoro y su fe,
el altivo rencor dentro del pecho
y la esperanza.

Violencia line up 01

Yo no quise hacer un simple comedor, para que los chicos vengan, coman y nada más. Cumplí con todos los esquemas que la Municipalidad nos pedía, porque nos decían que los chicos debían tener hasta trece años, y que los padres no podían participar. A los trece el chico ya tenía que volar, pero venían tres o cuatro de sus hermanitos y él ya no. Yo quise que vinieran todos: familias, jóvenes y abuelos.
»Empecé a trabajar con las mujeres golpeadas y con el tema de la violencia. La gente venía a contarme sus cosas. Empecé a conocerlos a los ponchazos y a golpear puertas de organismos que se encargan de la violencia contra la mujer.»
La palabra «violencia» empieza a encontrar su significado en un sinnúmero de acepciones hasta este momento desconocidas para nosotros, revelando una humedad invisible que lentamente empieza a condensarse en los ojos de Bilma.
«Este fue el tema que más nos preocupó: cómo parar la violencia. Yo no entendía nada de leyes, pero sabía que no era justo ni normal que los pibes se murieran. Entonces conocí Juzgados, tuve guardas de chicos, y como yo tengo 6 hijos, venían a casa.
»De mi generación no tengo a nadie, o están presos o muertos. Lo que yo sabía, de alguna manera, era que teníamos que hacer algo para parar esto; y que entre todos podíamos. Te cuento un caso para que te des cuenta de cómo es: teníamos un chiquito de tres años que era golpeado por el padre. Un día, el chiquito estaba desmayado por los golpes, en pleno pasillo. El padre abrió la canilla, hizo que el nenito recobrara el conocimiento y volvió a pegarle. Los vecinos no se metieron y apareció el viejo “no te metás”.
Yo crecí en esto. Otra cosa habitual, por ejemplo, es que estén velando a un pibe en una casa y al lado alguien escuche música a todo volumen. Nos cuesta mucho encarar el tema de la violencia y me pregunto por qué».

Las Villas line up 02

Las villas miserias arrancan en la década del ‘30, aunque el fenómeno tomó mayor envergadura a partir de los ‘40, gracias a la movida migratoria interna de nuestro país, que intentaba escapar de la descomposición de las economías rurales y regionales. Este proceso urbano está íntimamente ligado a la etapa en que la Argentina comenzó la industrialización, sin embargo, la tasa de crecimiento de la población urbana fue mayor a la del crecimiento industrial, lo que provocó una masa de marginados que no encontraron trabajo en la industria o que no pudieron insertarse como Dios manda. La expansión del área metropolitana fue monumental y las formas precarias e «ilegales», pan de todos los días.
—¿Sabías cómo llevar adelante todo este trabajo?
—Nada. Incluso cuando yo pasaba por la plaza y algunos me decían «zurda», y yo no entendía por qué.
»Vino la urbanización de las villas y querían convertirlas en barrios. Después empecé a hacer rifas, y lo que se recaudaba era para ayudar a las mujeres solas para que pudieran pagar su albañil. Empezamos a organizarnos y a golpear puertas para que nos entregaran las cosas con puertas, con ventanas —porque nos daban las paredes para las casuchas sin ventanas ni puertas— y lo logramos. Y ahí entendí que si nos uníamos podíamos hacer cosas.
—A veces uno tiene que luchar dos batallas. Una que tiene que ver con lo que pasa de acá hacia afuera: política, punteros, etc., y otra que tiene que ver con lo que pasa de acá hacia adentro: los mismos pibes, las familias. ¿Cuáles son las batallas más comunes que vos tenés que luchar acá adentro?
—La violencia, el individualismo, el «no te metás», la droga. Todo es una cadena, todo lleva a lo mismo. Abandono, desprotección, eso es lo que vivimos acá todos los días. El individualismo también es una manera de matar.
»La gente de afuera dice «que se maten entre ellos», «hay que prenderles fuego», «son todos unos delincuentes». Hay que luchar contra ese concepto y contra la discriminación.
»Antes, cuando yo era joven, al careta se lo respetaba. Al laburante, al careta, los mismos pibes lo acompañaban hasta afuera de la villa para protegerlo. Esos códigos se rompieron, ya no existen. Fueron años de abandono de parte del Estado y mucha falta de trabajo. Y ahora con el tema del paco, que es una droga de exterminio, droga de pobres, los chicos se están matando entre ellos. Y esta violencia genera más violencia.

El Paco line up 03

«Los efectos que produce en el organismo y en el cerebro son terribles. Ahora un chico, le saca el cuchillo a la madre, o rompe una botella y se la pone en el cuello. Vino una mamá llorando hace dos o tres días: “mi hijo me echó de mi casa, me apuntó con un arma, no tengo dónde ir...” Hay códigos que se perdieron, producto de esta droga maldita que se creó. Si bien todas las drogas hacen mal, esta es la más mortífera, la más destructiva».
El paco se conseguía a un mango la dosis, hasta que muchas familias comenzaron a ver en la venta de la pasta un microemprendimiento —algo así como una pyme de la muerte— y empezaron a venderla a dos, tres y hasta cinco pesos.
Está hecho con la pasta base de la cocaína y elementos como kerosene, harina, talco y el vidrio de los tubos fluorescentes. Se consume sencillamente metiéndolo en un pedacito de serpentina de calefón o antena de auto, con una virulana que sirve de filtro para fumarla.
El consumidor de la pasta base o «gilada», como le dicen en la villa, sufre un severo deterioro, porque la droga lima la corteza cerebral y produce la inhabilitación permanente de los centros nerviosos. Pierde reflejos, motricidad, inteligencia y memoria.
Hoy los chicos llegan a fumar hasta 20 pacos por día.
En son de tirar abajo el mito de que el paco es económico, un consumidor decía: «No es económico, porque es un peso cada cinco minutos; más no dura el efecto. A veces escucho que dicen “la droga de los pobres”. De a un peso, ¿sabés cuánto gastás? Con la cocaína por ahí gastabas 40, 50 pesos de golpe. Pero con esto, si los tenés en el bolsillo, por ahí los gastás en un ratito».
Otro de los datos que llaman la atención es la diferencia entre la frecuencia de consumo de esta droga y otras, ya que el 70 por ciento consume pasta base a diario, mientras que «apenas» el 3,1 por ciento fuma marihuana todos los días, y el 26,5 por ciento consume cocaína con esa frecuencia.
El otro problema que se presenta es que el paquero es un doble exiliado: no sólo forma parte de un grupo social que vive situaciones de aislamiento debido a la pobreza estructural, sino que, además, su propio uso de la pasta base lo convierte en alguien de quien todos deben asegurarse una distancia protectora: terminan separados de su familia, su grupo y sus vecinos.
Uno tiene que entender que el paco no es sólo una consecuencia de la miseria, sino el efecto del cambio del mercado global de drogas, debido a que la Argentina es ahora un país productor y exportador, y no hace otra cosa que aprovechar las ganancias que los desechos también le producen.
No es que los usuarios encontraron una sustancia nueva; no es que un despiadado hizo aparecer la pasta base para matar a los pibes pobres. Cambia la macroeconomía de la cocaína, se produce más en Argentina y, por lo tanto, circula más el desecho de la producción. Donde hay laboratorios, hay residuos que no se tiran y se venden. Tanto Argentina como Brasil controlan muy bien que no se le venda a Bolivia los químicos necesarios para el procesamiento de la cocaína, y como es imposible controlar la venta minorista de productos químicos aquí, Bolivia prefiere mandar la materia prima para que se produzca la cocaína en nuestro país. La merca se envía a los que pueden pagarla en Palermo o Barrio Norte, y en grandes cantidades para la exportación. El desecho se vende en la villa. Se re-territorializa la narcoeconomía y también el consumo.
—¿Cómo hacés vos para proteger a tus hijos?
—Creí que estaban protegidos; lo creí, pero fue imposible. Yo empecé a hacer redes con el tema de la violencia cuando mis hijos eran chicos. Acá cerca hay escuelas y los profesores estaban desbordados con la violencia, porque los chicos rompían autos, vidrios, de todo. Nos juntamos con las escuelas, llamamos a los legisladores de los distintos partidos políticos, bibliotecas, etc. Pero no hubo respuesta. Eso habla del individualismo. Es muy difícil ser parte y no caer en esto, no ser víctima de esto.

La iglesia line up 04

—¿Cuál es tu opinión acerca del rol de la iglesia en este escenario?
—Las iglesias me defraudaron muchísimo. Como cristiana yo sé que Dios no me falla, pero las iglesias no contienen a los pibes, hay mucha religiosidad. Apuntan más a cómo te vestís, si tenés tal pantalón, si te teñís el pelo, o si el chico usa un arito. Pero realmente no enseñan, no sé si es por falta de preparación. Obligan a ayunar y los pastores comen en sus casas... y yo digo... eso no es lo que yo aprendí... ¿cómo es esto?
»A mí me ha tocado sufrir muchísimo dentro de la iglesia. Uno dice, “bueno las personas no tienen conocimiento, pero amor...” Conocí a un chico de 16 años con un tiro en la columna, que lo dejaron tirado en un pasillo. La madre con HIV... toda una historia. Safa de la bala pero queda en silla de ruedas por falta de atención y rehabilitación. Intentó suicidarse un montón de veces. La madre creyó que por ahí Dios podía hacer una obra o algo. E iban con la Biblia, la Biblia dice esto, dice lo otro, y pobrecito por poco no le pegan en la cabeza con la Biblia. Un día, la madre desesperada me dijo “se quiso matar otra vez, por favor ayudame”. Empecé a conocerlos, más adelante le festejamos el cumpleaños, lo llevamos a una iglesia, hablamos con toda la iglesia y con el pastor para que lo puedieran contener... no existió. El chico terminó muerto, no se suicidó, pero por abandono de persona, por infecciones, escaras... No hay que estar metido en cuatro paredes, hay que salir, hay que fijarse, ponerse en la piel de cada persona.
»La iglesia no contiene, y eso me preocupa muchísimo. No se enseña lo que es el amor de Dios, sino solamente lo que es el pecado, “no vayas a jugar a la pelota, ojo con las cosas que son del mundo...”»

Es difícil sentarse a entender el orden de prioridades que tenemos como iglesia. A veces, como alguna vez ocurrió con las aduanas, nosotros también luchamos contra el caso de las voluntades paralelas. Por un lado nos hacemos buches con la voluntad oficial, esa que baja divina e inmaculada del cielo pero, por otro lado, digerimos mucho mejor la voluntad under, esa que pertenece al mercado negro de la fe, donde todo es perfectamente negociable.
El problema se da cuando la fe se vuelve proporcional a la accesibilidad: me anoto en todo aquello que puedo controlar y entender o sea, en todo aquello de lo cual puedo hacerme dueño, y dejo de lado aquellas cosas que no entiendo, que no manejo. Dios queda fuera de la ecuación porque, en definitiva, la fe tiene que ver más con lo que puedo hacer que con lo que puedo esperar.
Es por esto que a lo que propone Pablo en Filipenses, con respecto a que tenemos un Dios que produce en nosotros tanto el querer como el hacer, nuestras vidas le responden con un versículo que aparece un poco más abajo y ácidamente indica que cada uno busca lo suyo propio, no lo que es de Cristo.
No entendemos la villa, la violencia, ni el abandono absoluto que se ve en muchos rincones, por eso la obligamos a venir y jugar con nuestras reglas en vez de ir y abandonarnos a una fe que no entiende, pero que sabe esperar en quien la inspira.
Somos de los que aplaudimos la visita de las autoridades —a veces corruptas— a nuestros eventos, pero ignoramos sistemáticamente a aquellos que sin repercusiones estridentes pasan por la vida tratando simplemente de sobrevivirla.
Somos aquellos que gritamos mucho en nuestros cultos, pero lloramos muy poco con los que sufren; cantamos mucho, pero consolamos poco, porque nuestras cuerdas vocales están más preocupadas en cómo suenan que en quiénes deben escucharlas. Nos arrodillamos mucho, pero nos levantamos muy poco por los más desprotegidos. Somos aquellos que celebramos generosamente nuestra prosperidad, pero la compartimos a cuenta gotas.

«Conocí a un hombre y a su esposa, y sabía sus historias; me impactaron muchísimo porque los llevé a la iglesia. Estaban en una crisis terrible porque hubo una infidelidad y ella quedó embarazada de otro tipo. El esposo se quiso matar porque su mundo era su esposa. Traté de contenerlo porque vino acá a pedir ayuda, lo llevé a la iglesia; se me descomponía porque tomaba medicación especial. En la iglesia hablaban de la estructura y de los problemas de la iglesia y él se estaba muriendo al lado mío. Yo lo agarré y les dije: “por favor, se me está muriendo, no dejen que se muera”. Terminó suicidándose. Nos tocó sacarlo de la soga. Le habían regalado una Biblia y él puso: “Que Dios me perdone por la decisión que estoy tomando”. Entonces yo me pregunto: ¿la contención de la iglesia dónde está?
»Pasan cosas terribles... A mí se me murió un hijo y a la semana, por stress post traumático, interné a mi hijo mayor en un psiquiátrico. En una semana entierro a mi hijo y el otro estaba internado. El pastor me dice: “son pruebas de Dios”. Y yo le pregunté: ¿qué quiere probar Dios con esto?
»¿Qué es lo que Dios quiere probar con un chico golpeado, abusado sexualmente con tres años, un chico que no se puede defender?
»Otro caso, golpes, maltrato y abuso a un chico de 14 años... Ese mismo chico le decía a mi hijo: “Yo perdí a mi mamá y a mi papá, no tengo a nadie, ni una casa donde ir, pero la vida es linda. La vida continúa”. La policía lo mató con 9 tiros.
»Yo pienso que se tienen que despertar un poquito. No veo nada bueno en estar metida de domingo a domingo en una iglesia, entre cuatro paredes cuando hay un montón de chicos y adultos que necesitan un poco de amor o alguien que los escuche. No pueden decirte “a vos te pasan estas cosas porque no orás”, “no tenés fe”.
»Hay muchas maneras de acercarse al otro.Yo siempre cuento lo mismo, de una mamá que dejaba los chicos atados, una beba de 8 meses atada a una sillita y el chico de 9 años atado con una cadena de menos de un metro. A mí algo me preocupaba... Entonces le dije a un compañero que trabaja conmigo en el comedor: “Me dijeron que una vecina tuya deja a los chicos solos, ella se va y los deja solos”. A mí ya me había llegado el dato. Le digo: “¿Por qué no les llevás un pedacito de carne a ver si están sin comer, y a la tarde les cocinás algo? Fijate qué está pasando”. Fue y volvió pálido, “no sabés la escena que vi...” Un chico atado con una cadena con un colchoncito cerca por si quería descansar y un tacho para que haga sus necesidades.
»Hablé con los chicos y decían que estaban acostumbrados. Los vecinos la querían linchar porque no aceptaban que ella hiciera eso con los chiquitos.
»La mamá llegó a las 9 de la noche, nosotros a las 2 de la tarde ya habíamos cortado la cadena. Ella lloraba, no pudo enojarse conmigo. Ella tenía sus justificativos: “Yo tengo que salir a caretear la comida... si a Sergio lo dejo desatado me prende fuego la casa...”, porque tenía problemas de conducta. Una mamá de 8 hijos. “Y la bebé, ¿quién me la va a cuidar?, por eso la até”. Empezó a llorar, a llorar. Le pregunté de qué manera podíamos ayudarla, en lugar de denunciarla. Por eso te digo la importancia de hacer redes entre los vecinos. Hay casos puntuales y yo te puedo contar miles.»

En su momento de esplendor, Roma llevaba las estatuas de los dioses de los pueblos conquistados al Panteón romano. No toleraban que Israel no tuviera estatua porque no podían asimilar la cultura hebrea al sistema. Alejandro Magno, que había sido discípulo de Aristóteles, admiró a un pueblo que no tenía estatua y podía adorar a un Dios espiritual. Pero a ese Dios invisible se lo mira y admira por los actos visibles de sus seguidores.
El cuerpo de Cristo es lo que se ve de un Dios espiritual que no se ve, y en este acto de personificación divina que Dios le entrega a la iglesia, también pone en sus manos toda su reputación. La iglesia es lo que se ve de un Dios que no se ve. La iglesia es la reputación de un Nombre que espera que lo dejemos bien parado.

—¿Cómo te recuperás? Por ejemplo, un chico viene al comedor, lo ves habitualmente, y de repente no viene más porque te enterás que murió.
—Te cuento una historia. De un chiquito que le decíamos «indio tehuelche». Tenía el pelo largo y jugaba en San Lorenzo, quería ser futbolista. Se hizo amigo de mi hijo, empezó a dormir acá y le gustaba venir y estar en el verde, con los árboles. Y me decía: «¡Qué hermosa es tu casa!». No era la casa lo que quería expresar, era eso verde, poder sentarse debajo de algo. Y a este chico lo empecé a querer como a un hijo más. Siempre hablábamos y le aconsejaba que se cuide dentro de la villa. Quería hacer cosas y tenía proyectos de vida. Entonces un día cocinamos unos tomates rellenos y mira esos tomates y dice: «Bilma ¿qué es esto?, ¡qué rico que es!» Nunca había comido tomates rellenos. Y me preguntaba el nombre de cada comida que hacíamos. Eso me quedó grabado. Terminó a los 17 años con un arma casera que hizo un pibe, y un tiro en el estómago. Yo venía de trabajar y me enteré. Lo primero que pregunté es «¿en dónde fue el tiro?» por la gravedad. Ese chico murió. De los chicos que estuvieron cerca de mí trato de recordar los momentos lindos. Fui a la casa, conocí a su mamá... piso de tierra... hay tantas pequeñas cosas que para mí tienen valor. El hecho de que les guste el banano a los chicos, y se queden acá por el verde, la estructura...
Trato de recordar cuánto le gustaron los tomates rellenos. subir

Alejandro Casal
alejandrocasal@anfibiarevista.com.ar