«No puedo negar que me cuesta entender a cierto sector
de la cultura evangélica donde se pondera un concepto de éxito que no interpreta el corazón de Jesús.»
Es jueves. La lluvia acecha y ataca, dando estacazos certeros a una voluntad —mi voluntad— que a esta altura ya arrastra cansinamente una sobredosis de humedad. No es un buen día para salir. El recorrido hasta la casa de Fabián involucra tren, colectivo y algunos pasos por la vereda de un cementerio que, combinados con este atracón de mal tiempo, deja en carne viva la vocación de cualquiera.
Pregunto por el hospital Diego Thompson y nadie se da por enterado. Pregunto por el Cementerio de San Martín y me doy cuenta de que esa información está a la orden del día en todas las agendas. Esa costumbre bien argenta de saber con exactitud dónde se entierra, pero no tanto dónde se cura.
«Un día de tortas fritas» pienso, y enfilo hacia la única panadería abierta de la zona, en donde la expectativa debe bajar abruptamente de una torta frita a un par de medialunas sospechosas de haber trasnochado. «No hay que llegar nunca con las manos vacías», repite mi suegra en su decálogo de buenas costumbres, el cual siempre combino con una bebida cola todoterreno, esa que mira el lado bueno de la vida y calza con todo.
Llego, busco la dirección y... me paso. Con la voluntad todavía a cuestas por tanta humedad, el peso de tener que volver sobre mis pasos se duplica. Vuelvo y... claro, era lógico pasarme. Yo esperaba encontrarme con una guarida pop, marca rock star, una especie de castillejo propio de Jimmy Page. Pero la primera sorpresa está a la vista: Fabián vive en una casa como la de cualquier hijo de vecino, en un barrio pincelado por el paredón del cementerio y los emprendimientos empresariales hogareños, esos que tienen el tallercito en el fondo.
Toco timbre, entro, saludo y comparto los víveres. La casa es linda. Todo medido, todo tranquilo, todo apropiado, todo con buen gusto y sin ostentaciones. Todo cristiano. «A mí también me gusta la Coca», me dice el cantautor, que encuentra el fanático dormido dentro mío y lo despierta con esa revelación que lo vuelve cada vez más estrella. «Pero prefiere la Pepsi», me dice la esposa, acabando con un idilio que no supo, ni pudo, superar la triste noticia.
Fabián es el fiel reflejo de su casa —alguno tal vez me dirá que la cosa es al revés. Medido, diminuto, con la parsimonia típica de los monjes shaolines, pero del palo de los nacidos de nuevo. Me resulta inevitable sintonizarlo con Kwai Chang Caine, ese monje occidental con ideas orientales como las del líder de Kyosko pero en este último caso, que arrancan unos kilómetros antes de China. «Nuestro modelo es Jesús. El evangelio es posible de vivir. Si hay alguien a quien se podría acusar de monotemático en este tema ese podría ser él. Si alguien veía venir caminando a Jesús seguramente decía: “Uy este, seguro viene a hablar de Dios y su Reino", Tal vez, en ese aspecto, alguien o yo mismo me encuentre monotemático.» Kyosko pero en este último caso, que arrancan unos kilómetros antes de China. «Nuestro modelo es Jesús. El evangelio es posible de vivir. Si hay alguien a quien se podría acusar de monotemático en este tema ese podría ser él. Si alguien veía venir caminando a Jesús seguramente decía: “Uy este, seguro viene a hablar de Dios y su Reino”. Tal vez, en ese aspecto, alguien o yo mismo me encuentre monotemático.»
Él no habla, comparte. Frena, escucha, estaciona su historia y la arrima sin atropellar, listo para que le den el registro de buen pastor. Nos sentamos frente al paquete de sospechosas y las palabras saltan a borbotones. Y Fabián dispara.
«Los cristianos no podemos hacer un medio de comunicación netamente periodístico. Porque tenemos opinión y me parece que tenemos que hacer periodismo formativo. Nosotros sabemos lo que queremos comunicar. Vos no podés presentar el homosexualismo, el lesbianismo y una familia bien constituida como tres opciones a elegir. Hay que presentar una cosmovisión cristiana, valores que sanen desde el corazón de Dios».
Acuso recibo. Ese es el problema con los nuevos amigos: algunos vienen con ideas propias. Mal que a algunos les pese.
«Por ejemplo, ¿para qué crees que haríamos una entrega de premios los cristianos? En primer lugar, por supuesto es un aliento, un gran incentivo de Dios y nuestros pares a seguir trabajando y dando la vida en este camino, hacia nuestra meta que es el propósito de Dios; pero, por otro lado, y seguro el más importante, es justamente para mostrar al mundo la enorme diferencia de sentido que hay cuando recibe un premio alguien que no se pertenece a sí mismo, sino a Dios. También es una forma de animar a los artistas a seguir haciéndolo de esa manera, dando la vida por los demás, como Jesús lo hizo por nosotros.
»Es importante darse cuenta que nosotros no tenemos la posibilidad de elegir la familia, dónde vamos a vivir, el color de piel, la estatura, ni siquiera el talento; todo viene de Dios, todo sale y vuelve a Dios. Lo máximo que podemos alcanzar en esto es la fidelidad.
»¿A alguien se le hubiera ocurrido homenajear al lápiz de Shakespeare? Se vería como algo absurdo, el maestro era él. De la misma manera nosotros somos instrumentos, lápices en las manos de Dios. Ahora, ¿por qué motivo yo levantaría un premio haciéndome cargo de los logros? Si lo hago es para expresar mi mayor alegría: que Dios me haya tenido en cuenta para ejecutar su obra. No podemos adueñarnos de lo que no nos pertenece, pero si gozarnos enormemente con él.»
Le pregunto un poco más por los premios, por los reconocimientos, por las estampitas espirituales que la gente hace de ellos. Le pregunto si es oportuno decir lo que dice justo cuando le ponen una estatuilla en la mano. ¿Para que quiero que Dios me lleve a determinado lugar si cuando llego no digo lo que tengo que decir? Hay momentos para hablar y hay momentos para no hacerlo. Cuando vos recibís un premio, es el momento de hablar.»
—¿Te parece que está mal recibir premios?
—Por supuesto que no, aunque para un hijo de Dios no es un objetivo, es un buen momento para iluminar. Me emociona el abrazo y el reconocimiento de la gente, pero a la vez me hacen más conciente de mi propia indignidad. Claro que me alegra mucho, pero en el fondo lo que deseo es que Dios se sienta contento conmigo como hijo.
Se va a seguir haciendo y seguro lo vamos a hacer para incentivar a los artistas a que salgan al mundo a dar su vida por los demás, reconociendo a Jesús en ellos, ese debe ser el objetivo.
Siempre ahi
Cuando es y nunca termina,
cuando siempre estás ahí.
Miro y veo hoy tus heridas rojas,
brillan más que el sol.
Siendo la tercera generación de creyentes en su familia, me cuenta que su infancia es la consecuencia lógica de un road movie que suele repetirse cada vez más en nuestra impronta social criolla: abuela quinceañera que se escapa de casa con abuelo alcohólico. Abuelo violento con abuela
suicida dispuesta a tirarse bajo el tren con papá bebé. A partir de acá el corto cambia y se hace menos habitual por dos razones: primero porque a cien metros antes de las vías se encuentra con un hombre que, porque la vio mal y desesperada, le habló de Dios. Segundo, porque este hombre llevaba una Biblia abajo del brazo.
—¿Qué pasó con la familia?
—Mi abuela se entregó a Cristo y a raíz de eso mi abuelo también se convirtió y fue un gran hombre de Dios que fundó iglesias. Por eso yo me formé amando a Dios desde chico.
La historia no es tan de rosa como empieza. El pequeño crecido a la sombra del Dios que cambia vidas, empieza a ver que las vidas cambiadas, en realidad, son menos de las que aparecen en marquesina. Y esto no es algo nuevo entre nosotros los cristianos: te predican, te hablan de Dios y cuando querés comprar, te dicen que lo único que queda es lo que está en vidriera y que no te lo podes llevar, porque hay cosas que se exhiben para que se vean, no necesariamente para que alguien se las pruebe. Lo que está pensado para mostrarse, difícilmente logra vivirse.
«Había tenido muchos desencantos de la misma gente que predicaba, pero que no querían poner el auto para llevar a la escuela dominical a los chicos de la villa, porque se les ensuciaba el tapizado. Y yo no entendía y decía: “Esto es rarísimo”. Y me fui. Pasé tres años muy solo y triste, porque el que se busca a sí mismo siempre se queda solo.
»Por esta razón, a los 16 años hablé con mi papá y le dije que no quería ir más a la iglesia. La impresión que yo tenía era que la gente creía lo que necesitaba creer, pero yo no veía resultados. Me parecía que todo era como la droga, que la gente lo hacía para sentirse mejor.
El fantasma del opio de los pueblos, así como el de Canterville —según lo inmortalizó Charly en Sui Generis— está tirado y nadie se acuerda de él, pero sigue pasando a través de la gente. En nuestro caso, no es difícil encontrarlo sentado en algunas de nuestras congregaciones con una o ambas manos levantadas cantando aquél famoso coro «Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago».
Sí, es verdad: somos duros con lo que vemos en el ojo del otro. Esa especie de conjuntivitis espiritual que a veces cargamos, y a la cual ya estamos tan acostumbrados, nos mantiene haciendo un gran esfuerzo en tratar de mirar bien, mientras olvidamos que la idea es tratar de curarnos.
«Un día me invitaron a un campamento y conocí a un misionero que se había ido a una villa de emergencia con toda su familia y servía a esa gente, les daba de comer y los iba a ver cuando caían presos. Fue la primera vez que vi a alguien que se parecía a Jesús y yo dije: “Yo quiero ser como ese tipo”. La búsqueda de esa virtud que había en él hizo que me encontrara con Jesús. Entendí que la iglesia está hecha de gente, por eso a veces no funciona como debe, comprendí el propósito de Dios y decidí servirlo de verdad. Después, a los diecinueve años, empecé a liderar un grupo de adolescentes, entre ellos Diego y Ezequiel, que son la base de Kyosko.»
Sueños
Sueño de verte así,
Sin miedo hasta mí,
Siempre envuelto de verdad.
«Nosotros los cristianos suscribimos a una cantidad de ideas poco comunes acerca de dos universos paralelos que conviven al mismo tiempo —de aquí también el nombre de esta revista. En uno vemos los escenarios, las luces, las lentejuelas —en el caso de los artistas más mimosos y aprensivos— y todos los accesorios propios de un buen espectáculo. El otro se trata de ángeles, seres siniestros que buscan hacernos daño, y el hogar o la cárcel en la que pasaremos nuestra eternidad. Es fácil distinguir y vivir en este mundo material, pero no sucede lo mismo con el otro. Necesitamos fe para poder sobrellevarlo. Necesitamos fe para poder vivirlo.
—¿Cuáles son tus sueños?
—Si yo tuviera un sueño, realmente sería que al encontrarme con Dios él me dijera: «Hijo, hiciste lo que yo esperaba de vos». Mi proyecto es poder vivir totalmente sumergido en la provisionalidad de Dios. Es como estar en una calle, en medio de la neblina, sin ver casi nada, pero sabiendo que el que me puso allí me va a llevar de su mano hasta dónde él se propuso llevarme.
Escepticismo
Ojos que no pueden ver tan alto,
no voy si no estás.
—¿Y qué fue aquello que no le creíste a Dios?
—Unas cuantas cosas, tal vez porque en ese momento no pude discernir si era realmente de Dios. Hace poco estuve con un siervo especial en la ciudad de Houston y él me preguntó qué era lo que yo pensaba hacer. Porque él escuchaba y hablaba con
los pastores y sabía cómo ellos hablaban de nosotros; y me preguntaba qué pensaba de lo que venía, y me daba un panorama de lo que podía llegar a pasar, yo escuchaba, pero la verdad es que me cuesta creer que eso pase con nosotros.
Peleo todos los días conmigo mismo, con mi propio carácter. Yo me tengo miedo a mí mismo, no confío en mí, y si confiara ese sería mi mayor problema. La fe es un éxodo permanente: es mudarte de vos mismo para hacer lo que Dios quiere, lo que Jesús haría en tu lugar. La negación de mí mismo me cautiva, a pesar de ser la parte más dolorosa, ya que eso se produce en la cruz y con la muerte. Esto me lleva a expresar lo más contracultural del evangelio, siendo esta la condición ineludible para seguir a Cristo. Puede que esa medida, en algún contexto del evangelio un tanto diluido en cuestiones de demanda, me ponga a mí una medida frente a los demás de infalibilidad un tanto peligrosa, pero la infalibilidad no es propiedad de los hijos de Dios, aunque si lo es la fidelidad; siempre seguir a la meta, pase lo que pase y cueste lo que cueste. Estoy expuesto y de eso soy muy conciente.
Hay cosas que sabemos que nos faltan, pero también hay cosas que sabemos que nos sobran. El secreto de la vida cristiana muchas veces radica en encontrar el equilibrio entre entregar y recibir, y convivir con el dolor del desarraigo de aquello que Dios nos ha sacado, y el peso de la presión de aquello que nos ha entregado.
Identificación
Quiero andar correr tu misma suerte,
ver y ser como vos.
Así como «El arte de la guerra» escrito por Sun Tzu resume ampliamente el carácter de nuestro buen amigo chino, podríamos decodificar la personalidad de nuestro entrevistado en un par de máximas propias de él, que también abonarían esta tesis reflectiva:
«El arte de la calma» por Fab Lien (suena a chino y todo).
• Tenemos la regla de no hablar de otras personas y de orar por los demás promoviendo las motivaciones que hay en el corazón de Jesús.
• Nunca pensamos en el posicionamiento.
• Hemos entendido que para cuidarnos no debemos darnos ningún tipo de permisos. Aún los sobrenombres tratamos de evitar.
• Evitar la crítica completamente cuida nuestro corazón.
• Siempre intentamos tratar a todos los siervos de Dios como David trató a Saúl.
• Quién es el primero, el segundo, el tercero o el cuarto, dónde estamos nosotros y cómo, no es algo que alguna vez hayamos pensado o hablado, ni siquiera por curiosidad.
—¿Creés que en este ambiente es algo común guardar el corazón, como en su momento lo hizo el profeta Daniel?
—No es fácil guardar el corazón en este y en cualquier ambiente, todo depende de dónde está puesto tu corazón, sus motivaciones. Si tu deseo o motivación fue el escenario, cuando llegaste ya alcanzaste tu objetivo. Pero cuando el escenario no es un objetivo te sentís libre, y libre para seguir a la meta que es nuestro objetivo: que es parecernos cada día más a Jesús en todo, y esto es hasta el día en que estemos con él cara a cara.
Cuando tuvimos que enfrentarnos a la prensa secular, no teníamos a nadie que nos orientara porque nadie había estado en ese lugar y posición. Y si hablábamos con algunos nos decían que lo que teníamos que hacer era levantar la bandera de Cristo, y claro que es así, pero para comunicar una cosmovisión cristiana hay diversas maneras de hacerlo, ¿y cuántos estuvieron en ese lugar? La verdad es que lo hicimos lo mejor que pudimos, con la mayor luz y dependencia alcanzada, a veces mejor, a veces peor, creo que estamos aprendiendo a base de prueba y error, y sin lugar a dudas Dios está con nosotros y va a ser así hasta que él lo diga.
Podríamos decir que el Renacimiento fue un tiempo filosófico en el que el hombre dijo: «Está todo bien con Dios, pero nosotros también podemos hacer cosas lindas». Luego vino la etapa de la Ilustración en la cual no sólo podíamos hacer cosas lindas, sino también podíamos pensar sin necesitar a Dios para que nos diga en qué. La Revolución Industrial se encargó de aclararnos que no necesitábamos tanto de la provisión de Dios, porque nosotros ya podíamos pilotearla muy bien. En ese momento de la historia lo único que nos unía a Dios era la creación, hasta que vino Darwin con «Del origen de las especies» a decirnos: «Pero muchacho’... ¡No se preocupen! Si venimo’ todo ‘el mono».
Nietzsche se encargó de buscarle una lápida al Señor a principios del siglo XX diciendo que Él había muerto, y así llegamos a nuestro mundo perfecto de hoy, sin nada que nos ate a él.
Entonces, la creación se transformó en una gran casualidad. El futuro se vació de sentido, y la tierra se transformó en un gran mausoleo, dónde sólo se exhibe un pasado poco digno de ser imitado y un futuro ausente de mentores. Sin origen y sin futuro, el hombre resumió su existencia en un claro y conciso concepto: «Hay que vivir el presente».
Con el hombre desprovisto de destino y vacío de propósito, el deber, la obligación y la responsabilidad desaparecieron. Las nociones de lo que es bueno o malo se esfumaron hasta llegar a la conclusión de que «cada uno tiene su verdad». Una vida en la cual no se puede penar el divorcio, el abandono y el aborto, porque se considera que la verdad acerca de estos temas se decide individualmente y a discreción de cada uno. La vida se transforma en una carrera sin sentido, reducida a sueldos, fines de semana y emociones rápidas.
Al vaciarse de futuro, destino y deber, automáticamente el hombre perdió su valor. Y es aquí donde nuestro sentido del éxito empieza a tomar forma: somos valiosos según lo que tenemos, no según lo que somos. Si componemos un buen tema o una buena banda, si metemos un buen gol, si delante de nuestro nombre aparece la palabra pastor, apóstol o arcángel, o si disponemos de una cuenta abultada llena de dólares o, como le decimos ahora los cristianos, «bendiciones».
Teniendo en cuenta que el activo más importante de una congregación son sus miembros, no es difícil entender por qué hoy en día esta carrera seudo armamentista cristiana de explotarse la cantidad de miembros en la cara los unos a los otros, sea tan común.
—¿Qué cosas de la cultura evangélica no te van?
—No puedo negar que me cuesta entender a cierto sector de la cultura evangélica donde se pondera un concepto de éxito que no interpreta el corazón de Jesús. Vivimos en un reino donde el más pequeño es el mayor, donde el que se humilla es exaltado, por eso Jesús lo hizo de esa manera, porque conocía el corazón del Padre. Él se humillo a sí mismo hasta lo sumo y por eso fue exaltado hasta lo sumo. En Mateo 10.39 nos dice que el que quiera ganar su vida la tiene que perder, pero el que pierda su vida «a causa de mí» la hallará. Claro que se trata de ganar, pero en este Reino para ganar primero hay que perder, perder la vida por Cristo.
He vivido todos estos años y pude darme cuenta que nadie quiere ser el más pequeño, ni en los gobiernos, ni en la iglesia, y eso habla mucho de ese exitismo del que hablo, mentor muchas veces de un espíritu de competencia, de clasificación, de división. Sin ninguna duda Jesús eligió el camino del fracaso aparente; según Isaías no había buen parecer en él, ni hermosura, fue pobre, sumiso al Padre, para que lo clavaran en una cruz, mudo, impotente, sin brillo… pero desde ese basural, desde esa muda impotencia, desde esa aparente inútil sumisión, Dios consumó toda nuestra utilidad y toda nuestra redención. «Haya pues en vosotros este mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.»
Sacrificios
Sueño de verte así,
Muero por vivir,
Siempre envuelto de tu amor.
—¿Sacrificios, costos?
—Uno de ellos es mi familia, los extraño tanto... me duele la distancia. Yo soy el pastor de mi familia y yo no puedo pastorear a otros si no soy el correcto pastor de mi familia. El tiempo que no estoy con mis hijos es muy difícil de recuperar, implica un renunciamiento y una mayor entrega a Dios, y a ellos en cada minuto que estoy presente. Estoy co-pastoreando en la iglesia donde me congrego y con mi esposa tenemos muchos discípulos, con lo que todo eso implica.
El otro costo es mi trabajo. Si yo me hubiera entusiasmado con el impulso laboral que me dio Dios en este tiempo, seguramente estaría en otra posición. Pero ha sido un privilegio renunciar a eso por amor a Dios y sus propósitos.
He tenido algunos problemas de salud por exigirme más de lo que tal vez debería. Quizás, en algún momento de mi vida alguien se acerque y me diga: «Mirá, vos podrías haber tenido un buen pasar, pero por seguir a tu Dios no tenés nada». Tal vez ese sea el día más feliz de toda mi vida: el día que descubra que perdí mi vida por amor a Cristo (ojos húmedos).
—¿A qué bala tuviste que ponerle el pecho?
—A veces el conocimiento sin amor te hace crítico, otras veces el desconocimiento de algo en particular también… y tal vez la crítica desde esa perspectiva me entristece un poco, cuando viene de la Iglesia no lo puedo negar, es mi familia, es el proyecto de Dios y estoy comprome- tido con ella.
Esa vieja costumbre argenta de saber enterrar, pero rara vez saber como sanar.
Tentaciones
Nadie sale ileso de una guerra así.
Y si caes sin esperanza
tu vieja agonía va por más.
—¿Heridas de guerra?
—Como banda no hemos vivido tentaciones peligrosas porque no las seducimos. Al momento de ser observado hay cosas que no se pueden falsear, como el amor por ejemplo, de eso somos concientes y esto es en todos los órdenes de la vida. La gente responde al mensaje y espíritu que recibe de vos.
La mayor parte de nuestra gente son seguidores de la banda, que disfrutan lo que hacemos y decimos de parte de Dios, y creeme que es la parte más grande e importante. Yo creo y sé, que Kyosko no crea fanáticos y si los hay es tal vez porque no pudieron todavía interpretar correctamente el mensaje que damos en su totalidad.
Conozco las debilidades de los chicos y las mías, y las conozco porque son mis discípulos. Hemos adoptado la conducta de ser fieles, no darnos permisos y cuidarnos los unos a los otros, principalmente para alegrar el corazón de nuestro Padre y por otro lado también evitar los comentarios que suelen estar a la orden del día.
Debilidades
Quién sale, quién sabe,
que esta guerra siempre
la gana el más débil.
Quién sale, quién sabe,
que esta guerra fue
y está ganada de antemano,
Quién sabe.
—¿Cómo es tu relación matrimonial?
—Mi esposa es una perla entregada de la misma mano de Dios. Entre tantas cosas ella es como una especie de agenda para mí, suelo ser medio desastre con mi memoria. Caminamos juntos y disfrutamos a la luz de Dios cada detalle de todo lo que nos está pasando. Disfrutamos esto como el presente de Dios para nosotros. Ella es parte del ministerio porque trabaja y sirve en este ministerio y, a la vez, cuando nosotros no estamos, la manera de servir a Dios es ofrendar este tiempo de estar conmigo. Es darle al Señor la carga de estar sola con nuestros hijos, y alegrarse en él por darle lo que más le cuesta en ese momento.
Suelen ser difíciles para nosotros las giras. Las disfrutamos por ver la increíble obra de Dios a cada paso que damos, pero la cruz se hace presente en la ausencia de la familia.
—¿Cómo maneja Kyosko el tema de la guita? ¿Empresa o ministerio?
—Kyosko hasta el día de hoy es 100% ministerial. Todos trabajamos y vivimos de nuestros trabajos. Tal vez Dios decida que en algún momento estemos dedicados a esto a tiempo completo y va a estar bien también porque será otro momento de Dios.
—¿Quién te ayuda a administrar tu vida espiritual?
—Alberto Lucas, mi pastor. No se puede discipular a nadie si uno no es discípulo. Mi pastor es una de las personas en las que yo vi a Jesús, me veo y discipulo permanentemente con él. Conozco su intimidad, sus tratos, su familia, sus decisiones y veo que es un hombre íntegro. Yo veo a Jesús en él, es un gran hombre, de perfil bajo. Muchas veces oro al Señor y le digo: «Yo sé que vos me vas a sostener, pero si él se va antes que yo, que hago?». No sé que haría, porque realmente es un hombre que Dios ha puesto para bendecir mi vida, es muy profundo y especial.
Kyosko es un ministerio reconocido y encomendado por el presbiterio de la iglesia. Él me dijo: «Fabián, vos no vas, sino que nosotros te enviamos». Cada vez que salimos, toda la iglesia ora por nosotros. Un pastor, mi pastor.
Dirección
Caminar firme y voy descalzo,
y sé donde voy.
No habrá costo al honor tan alto de estar junto a ÉL.
—¿Objetivos de la banda?
—Estar sumergidos bajo la provisionalidad de Dios. Que pase lo que tenga que pasar para que se cumpla su propósito. Por ahora tenemos la obligación de sacar tres discos, este último que sale ahora y dos más, por el contrato que firmamos. Y bueno, luego Dios decidirá como sigue esto.
Estamos buscando borrar la línea divisoria que hay entre la subcultura evangélica y la cultura en general. Queremos introducirnos en la cultura general y de ahí comunicar una cosmovisión cristiana.
Fabián es un hombre que ve en la música un instrumento para compartir a Cristo, el verdadero objetivo de todo lo que hace. La música es sólo eso: un instrumento, un poderoso instrumento. No es su vida, su fin, el amo de quien dependen todas las cosas. No es la carreta adelante del caballo. La música sigue siendo un medio. Su medio.
Quién sabe si en poco tiempo podremos decir lo mismo de otros tantos músicos que se pierden en el escenario y en el vestuario sólo para realzar su imagen. Quién sabe si mirando a corta distancia no podremos disfrutar de bandas auténticas a quienes les importe más quiénes escuchan, que cómo suenan. Quién sabe si esta mirada de Fabián inspire a otros a preocuparse menos por los clubes de fans, para constituirnos todos en verdaderos seguidores.
Quién sabe...
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